Conjunción

 
 

 

 

Rugen las caracolas

 

Se rompe el mar

El clamor de un oleaje

Desgarrándose

En el silencio azul…

 

El cielo tiende su mano

Al tempestuoso océano

Y tu mirada se pierde

En el horizonte

Lejano, frío…

 

Junto a ese abismo negro

Sin luceros

En el que la única estrella

Que brillaba

Eras tú

 

Porque los astros,

Nos sonreían ocultos.

 

 

 

Laura Z.

Espliego

 

 

 

El dulce aroma del espliego

Inunda mis sentidos por completo

arrastrando consigo el presente,

Transportándome a otra época

A otro universo

en el que solo existíamos

Tú y yo.

Existencia remota

Que ahora impacta

En mi memoria

Con recuerdos que creía

ya olvidados.

Rescatados

de ese rincón oscuro de mi mente

en el que entendía -ilusa-

que no existía la luz.

Y una nube de vapores

de sueños me envuelve me rodea

con colores expresados

En dorados,

verdes y morados

En una silenciosa estancia

En la que solo se escuchaban

Nuestras pequeñas voces

Y aquella melodía

Que solo percibíamos tú y yo…

Evocadora al tacto suave de tu mano

al leve roce de tus labios

Sobre mi piel

Y a esa lección de vida

Que aprendimos juntos

Un dia.

  

 

Laura Z.

 

 

Naturaleza viva

 
 
 

 
 
 

 

Cierro los ojos un instante

para no ver las espirales

Por las que se arrastra mi cuerpo

En silenciosa belleza

Por ese torbellino de hojas

que me eleva del suelo

Hacia tierras de Oz…

El cielo,

se recorta azul

tras blancas nubes.

Y a lo lejos los caminos

suben serpenteantes

Hasta altas montañas;

Pequeños huracanes

de diente de león

Acompañan

el paso de los vientos

Creando  remolinos

a mi alrededor

Y abajo,

al final del barranco,

reluce el mar

Como una preciosa joya

engarzada entre las dunas.

 

Laura Z.

 
 

Sand man

 

 

 

 

 

   

Una oscura carretera,

un azul otoño

él con su alma intacta

de sensaciones blancas.

Viaja…

Vuela…

huyendo de posibles amores?

Extrañas sensaciones

se esconde en los sueños

que con plástica agilidad moldea

crea castillos de arena y luz

y profundos fosos negros

en donde reina el caos mas absoluto.

Su rostro siempre oculto por tinieblas

Su alma siempre velada entre las sombras.

Presencias

 

Siento tu presencia en el aire

Rodeas todo mi universo

Sacudes con tus manos invisibles

Las líneas de energía que dividen

El mundo de la realidad

Del mundo de los sueños

La fragilidad se rompe

La luz se apaga

mientras

silbas

mi nombre…

 

 

 

Laura Z

   

Abril III

 

 

 

A media mañana, el sonido del teléfono, rompió el silencio y la rutina en la que se había metido Javier para no pensar demasiado en el día anterior. Cuando descolgó el auricular  la voz que escuchó al otro lado le resultó totalmente desconocida. Su interlocutor era al parecer un cliente adinerado que deseaba que hiciera para él un retrato de su hija. No le explicó nada más. Únicamente acordaron el precio, el lugar y hora en la que pasarían a recogerlo, que sería a primera hora de la mañana, ya que debía aprovechar al máximo los momentos de luz, pues el cuadro debía estar concluido en una semana.

Con este nuevo proyecto tuvo la mente ocupada durante el día, pero al oscurecer, las mismas y angustiosas imágenes volvieron a poblar los sueños de Javier al igual que la noche anterior.

Eran las siete de la mañana cuando despertó. Su cama estaba revuelta y se encontraba empapado en sudor a pesar de que aun no hacia calor y las noches eran frescas.

Se dio una ducha y se miró al espejo. Desde el momento en que había adquirido el relicario, habían pasado tan sólo dos días, pero a él le habían parecido interminables.

El espejo le devolvió una imagen suya irreconocible, pálida y ojerosa. Intentó sonreírse a si mismo pero no resultó demasiado convincente.

 

Tal cual habían acordado, a las ocho en punto, pasó un gondolero a recogerlo en la calle más cercana a su casa que daba al gran canal. Silenciosamente se detuvo a su lado y esperó a que Javier embarcara para empezar a remar, desde la popa, hacia el lugar al que se dirigían. Iba tan serio y sombrío que a Javier le vinieron a la mente aquellas imágenes arquetípicas de Caronte el remero del Hades de la mitología griega trasladando al difunto, que en este caso era él, a través de las profundas aguas del río Aqueronte.

Y se preguntó con ironía si le haría pagar un óbolo al llegar a su destino.

Se deslizaron por las tranquilas aguas hasta llegar al lugar indicado: Una de las casas más bellas y lujosas del gran canal. Subió unos peldaños de escalera que le llevaron hasta una puerta, en donde le esperaba un hombre del servicio, el cual le acompañó al interior, dirigiéndole al salón. Amablemente le dijo que tomara asiento y esperara la llegada del señor de la casa.

Javier se sentó y dejó pasear su mirada por los muebles y los objetos de decoración de aquella estancia. Se veían bastante sobrios, pero elegantes y desde luego antiquísimos.

Se levantó para observar con detalle un magnífico cuadro que había en la pared cuando sintió unos pasos a su espalda.

 

Buenos días ¿Javier?  Soy Giuliano, dijo -tendiéndole la mano en un formal saludo- Ayer estuvo hablando conmigo, -prosiguió-. Como le comenté quiero que haga un retrato a mi hija. Sé que esto le sonará extraño, pero ella, a pesar de su corta edad, tiene una extraña y grave enfermedad, que en breve nos privará de su presencia. Hacer un retrato suyo es continuar con una antigua tradición familiar que no quiero romper, mas, siendo ella mi única hija. Comprenderá la urgencia, y cuento con su discreción. Me dieron muy buenas referencias suyas. -Sonrió con una amarga sonrisa y él intentó igualmente sonreírle. Luego se alejó informándole que Abril se estaba poniendo bonita y que llegaría en unos instantes.

¡¡¿¿Abril??!!

Cuando Abril cruzó el umbral de la puerta, Javier creyó morirse, ¡Era ella! sus ojos intensamente azules, su blanca tez en contraste con sus oscuros cabellos del color del ébano que bajaban en cascada por un grácil y pequeño cuerpo casi adolescente.

Ahora entendía aquellas imágenes de sus sueños, aquel ser vaporoso que se le aparecía una y otra vez y que le inundaba el alma de tristeza, era el espíritu de Abril, quizás a punto de abandonar la materia.

Javier se recompuso del sobresalto como pudo y saludó a Abril.

Cuando sus manos tomaron contacto, ambos notaron que una mágica energía fluía por sus cuerpos haciéndolos sentir extrañamente unidos. Era como si el mundo se hubiera detenido a su alrededor y entendieron que todos y cada uno de los pasos que habían dado en esta vida habían sido para que se produjera  aquel encuentro.

Abril reconoció a Javier y este a su vez la reconoció una y mil veces, en todas sus formas y maneras porque algo había permanecido siempre indeleble junto a esos profundos ojos azules: El sentimiento tan hondo que ambos sentían.

Y Javier la pintó, el cuadro más hermoso,  la mejor obra de arte sin duda de toda su vida. Porque no sólo reflejó el bello rostro de Abril, sino también su alma, añadiendo al lienzo todo el amor que sentía por ella.

Las horas pasaban volando entre los dos, ella posaba para él mientras conversaban, se reían o se miraban en las profundas aguas surcadas de oscuras góndolas que navegaban el canal. Sabían que esa felicidad era efímera, pero no querían creer que el tiempo que compartían se acortaba a cada paso, con cada sonrisa. Javier supo un día que el relicario había pertenecido a la tatarabuela de Abril, y que mágicamente se había encargado de traerla hasta ella. Javier pudo poner también un poco de luz en su confusión, logrando comprender cada detalle de sus extrañas vidas pasadas. Realidades que los habían unido antes y que los entrelazaban mágicamente de nuevo.

Y se amaron, como se pueden amar dos seres que saben que se pertenecen pero que no se volverán a ver jamás. Sabiendo que el amor permanecería intacto a pesar del tiempo.

Javier miraba a los ojos de Abril y la veía tan radiante que estaba seguro de que los médicos se habían equivocado y que ella viviría para siempre.

¡Locuras de amantes que sueñan con la eternidad del amor!

 

Pero el destino que no perdona ni retrocede, una oscura noche se llevó consigo a Abril, portando el frágil cuerpo de ella entre sus poderosos brazos. Alejándola para siempre de todo lo que ella había amado.

 

Javier al otro lado de la ciudad callada, sintió como su corazón dejaba de latir a la vez que el relicario oscurecía hasta volverse del todo negro. En la penumbra de la noche se escuchó un grito desgarrador y lleno de tristeza : ¡Abriiiiiil!

Luego todo fue silencio y su mundo de luz se llenó de tinieblas.

 

 

Laura Z.

 

 

 

(Cuento para el niño incauto que vive en Javier)

Abril II

 

Cuando Javier llegó a su casa, aun no era medio día, así que se sentó tranquilamente en la butaca favorita de su salón y sacó el pequeño objeto adquirido aquella mañana en el mercado. Mostró una amplia sonrisa de satisfacción comprobando en sus propias manos que no lo había soñado y que era tan hermoso como había podido apreciar desde un primer momento. Pasó suavemente su dedo índice por los delicados relieves gastados por el paso del tiempo tratando de situarlo en un marco histórico y aunque no estaba muy seguro de que época podía ser, pensó que quizás se tratara de una pieza del siglo XVIII. Estuvo tentado a sentarse delante de un buen montón de libros para buscar alguna referencia al relicario en concreto u otro de similares características, pero pensó que antes de llenarse la cabeza con ideas, necesitaba sentir lo que el objeto en sí le trasmitía, al margen de su contexto histórico. Así que sin pensarlo demasiado se recostó un poco en el mullido respaldo de su butaca y cerró los ojos tomando el guardapelo entre sus dos manos hasta que lentamente las imágenes empezaron a deslizarse silenciosas por su cerebro. Sentía como si de repente estuviera retrocediendo en el tiempo a una velocidad abismal. Como si se tratara de la película de una vida, pasada al revés. A continuación hubo otras imágenes, otras vidas que igualmente pasaron veloces, hasta que finalmente todo se fue ralentizando y la imagen se detuvo:

Entonces sólo vio la noche, una profunda y oscura noche, una voz que susurraba, unos ojos azules que surgían de la nada y unas manos pálidas de mujer que portaban: ¡Su relicario!

Javier retrocedió asustado por primera vez, soltando el objeto de sus temblorosas manos como si le quemara. Y aterrado por la sensación tan intensa que esto le había producido se levantó de golpe de su asiento y empezó a pasear nerviosamente por la estancia. Se asomó agitado a una de las ventanas. Era ya pasado el medio día y el silencio era absoluto en la calle desierta. Mil ideas bullían aún en su cabeza, pero dejó que poco a poco su acelerado corazón se calmara y cuando estuvo más tranquilo se sentó a hacer un rápido boceto de aquella imagen que había visto entre las tinieblas de su mente, para recordarla, aunque sabía que mientras viviera no podría olvidarla.

 

Javier pasó la noche con sueños intranquilos, veía figuras vaporosas que se desvanecían en el aire nocturno, escuchaba voces que lo llamaban en la lejanía y aquellos ojos que lo miraban con una tristeza infinita una y otra vez.

Se despertó antes del amanecer repitiendo entre delirios un nombre femenino Abril, Abril, Abril…

 

 

 

(continuará…gracias por su paciencia)

 

 

Laura Z.

Abril I

 

 

La luz se filtraba a raudales por los amplios ventanales aquella mañana de finales de Abril. Javier estaba terminando de arreglarse, tratando de recomponer sus rizos delante del espejo. Terminó por rendirse con una sonrisa dejando que cada uno de sus bucles se descolocara al azar como solía hacer casi siempre y extendiendo un poco de perfume por su cara salió a la calle.

El cielo a esas horas era ya de un azul radiante y el aire estaba fresco y limpio. Andaba con paso alegre y decidido hacia el mercado de antigüedades que se hacia por aquella época del año junto a la pequeña iglesia de los milagros que se encontraba en la parte oriental del sestiere (distrito) de la ciudad de Venecia. A Javier le interesaba especialmente el mencionado “Mercado de los milagros” porque a parte de los artículos comunes a cualquier otro mercado, solían encontrarse ocasionalmente cosas muy valiosas para coleccionistas y a el le gustaban mucho este tipo de objetos; Pensaba que cada uno de ellos guardaba la historia secreta de sus dueños y cuando encontraba algo que llamase su atención, lo adquiría y jugaba secretamente a imaginar o inventar increíbles historias para sus protagonistas.

Javier era un hombre extremadamente sensible y creativo y amaba el arte y la belleza  por encima de todas las cosas. Tenía un pequeño taller donde diseñaba originales joyas, fascinantes máscaras venecianas y de vez en cuando le surgía también algún trabajo de retratista. Sabía que su oficio no le haría nunca rico, pero era feliz expresando toda esa creatividad que le salía a raudales por todos y cada uno de los poros de su piel.

Atravesó las estrechas e intrincadas callejuelas cercanas a los rectos canales, que le llevaban hasta Campo de Santa María Nova, que era justamente en donde se encontraba el mercado y divisó el ábside de la iglesia de los milagros. Venecia estaba repleta de antiguas iglesias, pero aquella era su favorita sin duda; con su fachada exterior de mármoles de colores, sus esculturas y bellos bajorrelieves. Simplemente mirarla ya le hacía feliz, pero ese día esperaba encontrar algo diferente. Lo había visto en sueños y tenía la esperanza de que así sucediera.   

Aun era temprano pero ya había bastante gente paseando por las calles, entre los alegres y coloridos puestos. Miraba a las personas con ojos curiosos, casi todos eran turistas, atraídos a aquella zona de la ciudad por una especie de magnetismo  extraño que les hacía introducirse de lleno en un mundo encantador y casi mágico. Se dio cuenta de que la mayoría de las personas iba en pareja y le pareció irónico que precisamente él con lo que adoraba amar, viviendo en la ciudad del amor por excelencia estuviera tan solo…

Andaba ensimismado en estos pensamientos mirando distraídamente pasar a la gente cuando algo llamó su atención. Se acercó a un puesto en donde se exhibían toda clase de objetos y lo tomó entre sus manos. Era una especie de relicario realizado en plata antigua, tallado con bellos ornamentos y con una piedra azul engarzada en su parte central. Javier lo tomó delicadamente entre sus manos y lo miró absorto en su extraña belleza. A veces tenía la sensación de que los objetos le buscaban, le decían eh! ¡Estoy aquí! ¡Debo ser tuyo!  Este sin duda era uno de ellos, así que sin regatear demasiado lo compró a su vendedor, que por alguna razón pareció encantado de deshacerse de aquella espléndida reliquia y la guardó cuidadosamente en su mochila para seguir paseando.

 

Pero su paseo no fue del todo tranquilo ya que tuvo la impresión todo el tiempo de que un par de ojos le seguían a donde fuera y en cada paso que dio se sintió observado…

 

(Continuará)

 

Cuento para David

Cuando llegue diciembre

 

Era otoño, la lluvia era protagonista casi exclusiva de los días, que se acortaban cada vez más para dar paso con rapidez a la noche. Se notaba que la gente tenía prisa por regresar a sus hogares lo más pronto posible, después de las interminables horas laborales, pero David, sabía que tocaba gimnasio; había días en los que le apetecía mucho ir, se sentía habitualmente estresado y con el cuerpo entumecido por las largas horas que pasaba sentado frente al ordenador y luego llegaba allí, se cambiaba de ropa y el mundo se detenía mientras realizaba las tablas de ejercicios que el profesor le indicaba. Desconectaba del mundo, de las llamadas inoportunas, del jefe, de los problemas, de las pequeñas punzadas que le daba a veces el corazón cuando arribaban a su memoria los recuerdos… pero aquella tarde David no tenía en mente dirigirse hacia el gimnasio, no sabía bien el motivo, pero aunque había traído consigo su bolsa de deporte, en vez de tomar el metro que le llevaba como todos los días al gimnasio, tomo otra línea al azar sin pensar demasiado bien a donde le llevaría.

 

Eran algo más de las siete de la tarde cuando entró en el vagón de aquel metro. No habían demasiadas personas en el y sus ojos cansados vagaron un poco por entre sus rostros: Justo en frente suya había un anciano de pelo blanco y tez morena que a David le recordó mucho a las viejos indios de las tribus americanas. El anciano iba en silencio, ensimismado. A su izquierda había un par de colegialas quinceañeras cuchicheando sobre una fiesta que se celebraba ese fin de semana y luego un poco más alejada vio a una mujer joven, sentada y con la vista fija en un libro. Parecía que lo de alrededor no le importaba lo mas mínimo. Llevaba el pelo largo, castaño, recogido detrás y un vestido azul oscuro. No pudo observar sus ojos pero intuyó que eran azules. David la miró abstraído y la imaginó sonriendo, mirándolo a los ojos en una tarde de verano, sobre el  columpio de un jardín rodeado de flores y la imagen inundó su cuerpo de calor y de luz.

Volvió a mirar hacia el asiento en donde se encontraba aquella chica, pero ya no estaba. Había desaparecido. Giró su cabeza a ambos lados por si había cambiado de asiento, pero comprendió que no la volvería a ver.

Trató de pensar cuanto tiempo había estado con sus ensoñaciones y le pareció que solo había sido una fracción de segundo, así que miró en el plano que había justo encima de la ventanilla para ver el nombre de la estación anterior y bajar a buscarla…

De pronto se detuvo, sonrió y se preguntó a si mismo con cierto asombro:

David ¿Qué haces? No la conoces, no sabes quien es, ¿Que sentido tendría ir tras ella?

Además no vas a encontrarla y si la encuentras…

Era cierto, no entendía aquella repentina urgencia que había sentido de encontrarla.

Me volví loco definitivamente, se dijo casi en voz alta, sacudiendo la cabeza sin comprender. Así que, lentamente se dirigió hacia su casa pensando en lo inusual de aquella actitud suya. Ando los pocos pasos que distaban desde la parada en donde lo había dejado el metro hasta su vivienda, aun meditando, hasta que llegó al pequeño jardincito que había a la entrada de su casa. Notó que el aire vibraba con las sutiles fragancias de las cosas que el adoraba: El perfume de los jazmines, el aroma de una tarta de manzana recién horneada, El aroma de la vainilla y la canela, olía a caramelos, a flores y a frutas… Una increíble mezcla de deliciosas esencias que activaban todos sus sentidos y hacían trabajar velozmente su cerebro, produciendo maravillosas endorfinas.

Entró muy despacio, su perro, vino a saludarlo feliz como de costumbre, olía a champú y parecía que acababan de bañarlo y peinarlo Incluso, si lo miraba bien daba la sensación de estar sonriendo.

En su salón, una música increíblemente hermosa, sonaba haciéndole recordar los momentos más felices de su existencia, y una barrita de incienso se quemaba pausadamente, extendiendo en el ambiente suaves y seductoras volutas de humo azulado. David se quedó como hechizado por la escena…

Encima de la mesa de cristal del salón había una nota junto a un vaso de Bourbon con hielo recién servido, leyó la nota rápidamente: “Regresaré en seguida

 

Se sentó en su cálido sofá, dio un pequeño sorbo y el frío líquido le quemó la garganta mientras cerraba los ojos un instante dejándose acariciar los sentidos. Pudo apreciar que sobre la mesa además había un libro marcado por una página, que no era suyo. Lo tomó entre sus manos y lo ojeó. Tenía una dedicatoria al principio que decía: “Para mi adorada musa, que me inspira cada segundo para seguir viviendo” David.

Lo leyó dos veces perplejo, aquella letra era la suya pero tenía la completa seguridad de no haberlo escrito, además ni siquiera recordaba haber comprado ni leído aquel libro:

“Cuando llegue diciembre”

Entonces de repente la vio entrar; Era la chica que había visto en el metro aquella tarde,

Con su pelo largo castaño y su vestido azul, del mismo color de sus ojos, como había imaginado… Se dirigió hacia él para decirle con una sonrisa:

Estás aquí, regresé por el libro, me lo dejé olvidado, voy a salir pero no tardaré.

Besó suavemente a David en los labios antes de irse y se alejó feliz cantando una vieja canción…

 

David despertó en su oficina, estaba sonando la melodía de su teléfono móvil. Un poco descolocado atendió a la llamada, que lo había sacado de sus ensoñaciones. Era un amigo suyo que quería saber si se verían para ir al gimnasio como cada tarde después del trabajo. Respondió brevemente con una negativa, alegando que tenía cosas que hacer aquel día y se despidió de él. Y de manera inexplicable David salió disparado de la oficina y cogió el metro, aquella misma línea que había aparecido en sus sueños, aunque  cuando se subió en él, a pesar de que había bastante gente, nadie llamó especialmente su atención como en su sueño. Recordó la estación en la que creía que se había bajado aquella chica, y también se bajó en el mismo lugar, pero en esa zona de la ciudad en la cual nunca había estado no había casas ni edificaciones de ningún tipo, sólo una gran explanada y una especie de bosquecillo a lo lejos…

Me habré equivocado seguramente, se dijo, y con cierta tristeza regresó a su casa.

Allí en medio de su salón estaba saludándole su perro como cada día, pero no tenía el encanto de su ensoñación. Nada lo tenía. No se escuchaba música ni se apreciaba ningún aroma distinto del de siempre.

Se sintió confuso y absurdo por haberse dejado guiar por la intuición de un sueño que no le había llevado a ninguna parte, cuando de pronto recordó algo; Aquel libro que ella leía con tanto interés. David obviamente no lo vio por ningun sitio, pero recordó su cuaderno, aquel en el que apuntaba cualquier idea que se le pasaba por su cabeza, tenía anotaciones y pequeños dibujos en los márgenes. Fue a buscarlo y empezó a mirar las páginas con atención, en la última hoja escrita se leía una frase:

 

“Cuando llegue diciembre mi musa regresará” junto a estas palabras había un pequeño boceto de la chica del metro.

 

Sé que existes y te encontraré.

 

 

Laura Z.

Incomunicados

 
 
 
"Incomunicados en la era de las comunicaciones"
 
 
 
 
 
 
 
Y precisamente hoy apareces tu
por enesima vez
en mi vida.
 
 
Tan sólo a un pensamiento de distancia
y a la vez
a millones de años luz.